Una pregunta me ha venido acosando desde hace tiempo; quizá desde que tomé la
determinación de dedicar mi vida a la ciencia médica. Porque la gente parece preferir la
llamada medicina alternativa frente a la medicina científica; no obstante el crecimiento
y eficacia comprobable de esta por medio de los avances modernos que le brindan al
paciente una mejor terapia y una gran garantía de aliviar sus padecimientos.
Frente a esto, los locales de hierberías se multiplican por doquier saliéndose de los
sitios que tradicionalmente se consideraban como idóneos para su establecimiento, es
decir, las hierberías se han escapado de los mercados comunes para dispersarse por toda
la geografía de las ciudades actuales. En los ultramodernos malls, en las zonas
reservadas para el turismo extranjero, las llamadas zonas rosas, (no hay que olvidar que
desde los sesentas se puso de moda el esoterismo en el primer mundo) en los aeropuertos,
en todos los sitios donde se congregan y concurren grandes multitudes, en las zonas más
paupérrimas así como en las de gran lujo, en verdad, no existe un lugar que no haya sido
invadido con la presencia de estas tiendas que en muchas ocasiones reciben el nombre de
tiendas naturistas; y en esa misma tendencia se suelen ver personas de clases altas e
ilustradas recurriendo a los remedios caseros más tradicionales; las gotas de micamia
para la circulación sanguínea, los emplastes de sábila para mejorar la lozanía de la
piel, los milagros inesperados que el jugo noni produce, las promesas y panaceas del ging
seng, etc.
Pareciera como si la medicina científica se estuviese yendo a pique; sin embargo y contra
lo que pueda parecer la medicina científica actualmente está más vigorosa que nunca,
aunque la aparente indiferencia de la gente proceda de factores culturales muy arraigados
en ella, cuestiones tan complejas que serían más dignas de estudio por un profesional de
la mente humana o especialistas de la investigación en Psicología Social en combinación
muy cercana del Historiador en Antropología.
Pero existen factores derivados de aspectos distantes a la medicina que sin embargo si
interfieren decicidamente en la crisis que la ciencia médica está pasando; por ejemplo,
la aguda comercialización de que es objeto y que convierte al fenómeno social en un
artículo de lujo. Esto se encuentra perfectamente delineado en un estupendo texto
publicado en Medicina Universitaria, Vol. II #7 por el investigador, científico y médico
Ruy Pérez Tamayo.
La negativa actuación por parte de los empresarios de seguros médicos que en los E. U.
ya han causado un alejamiento plausible de la solicitud de estos servicios en el grueso
del público (no todo es miel con hojuelas en el primer mundo). Y las políticas de los
laboratorios que en la misma manera han producido un encarecimiento galopante de los
medicamentos. El otro aspecto podría ser la necesaria especialización de la medicina y
la inherente deshumanización del médico. Todo ello sumando a una inevitable tendencia
inconsciente de los individuos hacia las soluciones de índole mágica, se traducen en un
aparente distanciamiento del gran público hacia la ppresencia del médico.
El pensamiento mágico como lo ilustarn múltiples trabajos de cuño antropológico
dormita en lo profundo de la gente. Acaso no es un pensamiento mágico perfectamente
aceptado el sentimiento religioso. Suelen existir imágenes religiosas dispersas en los
hospitales y hasta capillas para que los familiares de los pacientes acudan a ellas;
sumado al hecho de que tradicionalmente en nuestra Latinoamérica, la administración y
procreación de hospitales es de orígen religioso, católico para ser más exactos.
Si se llevara a cabo una encuesta en el número de galenos que profesan con fervor una
religión, se llegaría a la conclusión que en un grado muy alto estos
científicos son también hombres de fé. Se antoja recordar una acnédota
que un amigo me contaba de la primera vez que tuvo que viajar en avión.
Cuando después de que el piloto de la nave hiciera una detallada
exposición de naturaleza científica en cuanto a las leyes de la física,
esto último con la finalidad de subrayar la imposibilidad de una caída.
Procedió a instalarse en su cabina de mando no sin antes persignarse.
Las leyes del azar son exactamente la manifestación de lo divino (nótese
la irónica contradicción). Dios se ocupa de las ciencias exactas, pero
también de los eventos que encuentran fuera de ellas. Y en el azar quien
tira la primera piedra. En este sentido, en el ser humano existe un
inmenso agujero negro por donde se filtra toda la duda del universo.
Sin el pensamiento mágico no existirían las religiones, ni las
loterías, ni las diversiones y muchas de las necesarias esperanzas que
dan alivio al sufrimiento. Pero lo más triste de todo éste asunto es que
sin el pensamiento mágico tampoco existirían las manifestaciones
artísticas. En esta naturaleza lúdica, el principio del juego y el
placer lo que lleva al hombre a crear un sinfín de cosas; no hay que
olvidar que un lejano estadio de la historia humana las religiones
sirvieron para impulsar a las civilizaciones, es más, crearon a la
civilización y a la misma cultura humana, permitieron al hombre salir de
su erradiza salvaje y desgastante, le dieron la sedentarización y la
tierra prometida, permitiéndole enseñarle a sembrar y construir, a
pensar y hacer ciencia.
La religión es la creadora de la ciencia, del arte y el desarrollo total
de la civilización; pero también es indudable que al correr del tiempo y
debido al poder acumulado se corrompió dando como resultado los odiosos
fundamentalismos retróradas y dogmáticos.
Sin embargo el objeto de este escrito no es hacer teología o caer en
diatribas con lo religioso y espiritual; lo que se propone quién esto
escribe es desentrañar la pregunta de, porqué parecer ser que la ente
prefiere al curandero y su parafernalia frente a la medicina moderna. Y en
este entuerto se tienen que tocar muchos puntos aparentemente dispersos
pero que forman parte de un mismo nudo gordiano.
Pensar que las medicinas alternas compiten con la medicina científica es
tanto como pensar que los reliiosos compiten con los médicos. En muchos
aspectos se sabe que médicos en comunidades rurales alternan con los
brujos y curanderos locales; en comunidades como la Alta Sierra
Tarahumara. Sin ello, muchas enfermedades definitivamente no podrían ser
tratadas; los usos y costumbres en ocasiones le imprimen a la práctica
médica un límite, límite en que el caso de la medicina le impone el
mismo hombre y su diversidad cultural.
Es de todos sabido que la legislación norteamericana deja un apartado
para el uso ritual y religioso de la cactácea llamada comunmente peyote,
como uso exclusivo de la Indian Church de Norteamérica. Esto no significa
ninguna violación a las leyes norteamericanas que penalizan el uso,
tráfico y comercio de todos los alcaloides considerados como estimulantes
del sistema nervioso central.
Algo similar sucede con la medicina, una actividad cultural que permanece
lejos de la comprensión de una gran mayoría, no obstante el inmenso
despliegue de la información existente en nuestra actualidad, haciendo
recordar, además, a los científicos que aún en plena era de la
divulgación en que vivimos, la práctica médica forma parte de una
élite de conocimiento. Al pueblo en general, la entrada al interior de
este recinto le está vedada por naturaleza.
El médico no concluye su problemática con la culminación de su carrera;
al recibirse de galeno también dá principio a una serie de problemas e
interrogaciones que perdurarán en educación continua hasta concluir su
propia existencia. En contraste, la gente común continúa atada a la
creencia, por que ésta le brinda la ilusión de un remedio milagroso,
rápido y sobre todo, muy barato en comparación con los altos costos de
los medicamentos y el grado de dificultad para comprender la compleja
estructura científica de la medicina actual.
No obstante hallarse presente los servicios médicos de asistencia social
y del sector público, la madeja estructural de la burocracia más la
corrupción existente en este sector han servido para mantener a distancia
y profundamente decepcionados a un gran número de pacientes.
La charlatenería triunfa y sigue causando bajas por que la población lo
permite; una política de salud pública debería ser diseñada partiendo
de los problemas que la medicina actual enfrenta. Ante la imposibilidad de
impedir el libre comercio, en una sociedad que cada vez más avanzada
hacia el llamado liberalismo comercial, los sistemas de seguridad social
en materia de medicina, son cada vez amenazados en su existencia y la
proliferación de lacras corruptivas ayuda a quienes tienen un espíritu
de privatización.
En todo caso quién atenta contra la misma medicina y su proyecto
humanístico es la misma sociedad actual, al permitir la conversión de
los objetivos éticos del juramento de Hipócrates en estrategias de
mercado. Frente a esto el médico se encuentra en un callejón sin salida,
o se suma a la gran cruzada comercial y transcurre su existir cómodamente
insensible o permanece a la saga ignorado, pobre y atormentado hasta el
grado de la amargura, muy lejos de encontrar eco en las capas que detenta
el poder económico. Muy pocos seguramente tendrían el suficiente
espíritu quijotesco para seguir fielmente la máxima hipocrática.
Mientras este panorama persista en el interior del mundo de la medicina,
los curanderos bajo la misma máxima que define el proyecto de las
compañías aseguradoras, "de haz dinero sin mirar con quién",
se enriquecen con la desesperación de la gente que se encuentra entre la
espada y la pared, por una parte la costosísima espada del cirujano y por
la otra, la pared de los curanderos y hierberos, quienes además se
convierten en una alegoría religiosa de el Muro de las Lamentaciones. (en
toda lamentación existe una manera muy primitiva y terapia).
Si la medicina pretende rescatar a la gente de las garras de los
charlatanes, tiene frente a sí un obstáculo de dimensiones inhumanas,
luchar contra la tendencia actual que al igual que el pensamiento mágico,
ha sido parte de su naturaleza: el ansia de poder y enriquecimiento que
vive mjuy dentro de todo ser humano; y si existen excepciones en este
rango, deben de ser como una mera excepción, por que como regla, impera
lo contrario.
Sin embargo la medicina no es capaz de realizar este reto, seguramente
permanecerá como un mal necesario, un mal no en sí misma, si no porque
será cautiva de fuerzas e intereses que le impondrán un destino muy
distinto al que sus ideales le habían conferido.
Este asunto de los brujos, chamanes y demás hierbas es ajeno al interés
médico y ni siquiera se le puede considerar como un rival en buena lid,
por que no lo es. A la medicina le espera un largo y sinuoso camino y una
tan ansiada redención, al retomar como el hijo pródigo hacia los ideales
de su génesis; un gran futuro que apenas comienza a vislumbrarse en esta
actualidad convulsa, a la cual Octavio Paz denomina como la edad más
negra de la historia del hombre.
Dr.
Juan de Dios Leal Rodríguez-